La nostalgia ya no es lo que era

Yo pensaba que los nostálgicos eran esos chicos flacos que miran por la ventana cuando llueve, escuchan a Nick Drake, lloran leyendo a Emily Dickinson y van por ahí buscando las chucherías que comían de pequeños a ver si les da un Proust. Pero no. Ahora resulta que llamamos nostálgicos a señoras y señores con el rostro desencajado por la ira que claman al cielo cuando el Gobierno decide por fin reparar el error histórico que suponía que el cuerpo de un dictador descansara en un sitio de honor. Que impiden que el ayuntamiento de la capital de un país democrático condene la violencia machista. Que dicen que los extranjeros son más proclives a cometer violaciones. Que quieren ilegalizar cualquier partido que ponga en entredicho la unidad de la sacrosanta madre patria. Y así hasta agotamiento del disparate.

 
Lo malo no es tanto que un partido de extrema derecha haya salido de la cueva de los frikis y consiga colar a 52 de sus representantes en el Congreso sino que su discurso se vaya normalizando y se haya visto legitimado por el respaldo de dos partidos con aspiraciones a gobernar. Que a las primeras de cambio dos formaciones que se reclaman del centro-derecha hayan aceptado pactar con Vox e incluso hayan hecho suyos algunos de sus postulados demuestra el peligro que supone la ausencia de líneas rojas básicas frente a la extrema derecha.

El espectacular resultado del partido de Santiago Abascal en las últimas elecciones demuestra una vez más que apelar a los sentimientos más primarios funciona en demasiadas ocasiones mucho mejor que la argumentación racional a la hora de conseguir votos.  Si además estos sentimientos se sustentan en gran parte en la nostalgia de un tiempo que pocos de sus electores han vivido en carne propia, el resultado es catastrófico.

La irrupción de Vox ha permitido poner en escena y exacerbar un odio que andaba latente y que se expresa ahora con descaro y orgullo. Porque no son sus propuestas políticas y sociales (que llevarían a la mayor parte de su electores a la miseria y a la desprotección social) lo que los ha seducido sino la posibilidad de bramar un orgullo mal entendido y de dar una forma concreta y con poder de decisión a sus frustraciones y a su odio.

Y es que el odio se ha banalizado. Basta pasearse por unas redes sociales que, se suponía, iban a fomentar el intercambio y el diálogo para darse cuenta de que, al menos en lo relativo a la política, sirven ante todo para expresar el desprecio al adversario. Nadie presta atención a otras informaciones que las que refuerzan los prejuicios y las posturas cerradas de antemano. En este sentido es muy significativo que, en el conflicto catalán, el término “equidistante” sea sinónimo de debilidad e incluso de alta traición. La cosa va de bandos y si no eres del mío, lo único que voy a hacer es buscar argumentos que refuercen mi postura y, si puede ser, ridiculicen la tuya. Y en este terreno nadie va a sacar tanto rédito como la ultraderecha.

Más allá del anticatalanismo que nutre a Vox, odio al que habría que sumar todo lo que huela a cambio en los roles sexuales y (claro) el miedo al extranjero, ¿qué puede llevar a alguien a echar de menos los 40 años de miseria material, política y cultural representados por el Franquismo? Las causas son, evidentemente, complejas, a menudo contradictorias y requerirían un estudio bastante más profundo, pero  llama la atención el pernicioso poder de la nostalgia de un tiempo no vivido en este intento de retorno a la caverna.

La nostalgia es un placer doloroso. Placer porque nos sitúa en un tiempo idealizado, el de la juventud especialmente, en el que olvidamos fácilmente todo lo que entonces nos hacía sufrir, y doloroso porque siempre se manifiesta en contraste con un presente frustrante.

En esta nostalgia de un tiempo no vivido, la idealización es máxima y los jóvenes nostálgicos del anterior régimen no perciben la arbitrariedad del poder franquista, su pobredumbre moral, el absoluto cutrerío que rezumaba en todas sus manifestaciones. Perciben un mundo donde, a falta de comodidades y derechos sociales, había una solidez y un orden y donde, a defecto de otra cosa, ser español podía ser motivo de orgullo.

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